Por Daniel Molina

SOBRE LA RETROSPECTIVA DE LILIANA MARESCA

EN EL MUSEO CASTAGNINO-MACRO, DE ROSARIO, EN 2008.

Hubo una época en la cual el arte contemporáneo argentino era puro goce que se disfrutaba en el momento mismo. Por eso, mucha de la obra que se produjo en ese entonces (desde el fin de la dictadura y hasta mediados de los 90) era efímera: estaba pensada, incluso desde el momento mismo de la concepción, para que desapareciera apenas era experimentada. Hoy esa obra es, obviamente, inhallable. Muchas de las experiencias más intensas no han sido siquiera documentadas. En el centro de esa fiesta intensa, en el centro de ese vértigo del arte había un hada, cuya energía convocaba a los contrarios, amigaba a los que estaban enfrentados y trasmutaba el estiércol en oro. Esa hada era Liliana Maresca (1951–1994).

fotoperformance, obra Liliana Maresca-Marcos López

Durante la década final de su vida, Maresca produjo una obra que no sólo enriqueció el mundo que la circundaba sino que es uno de los pilares en los que se sostiene el arte argentino actual. Estaba tan cargada de futuro, que, vista hoy, parece una carta enviada desde nuestro presente a aquel pasado en el que ella compartió su vida y su producción con los artistas amigos: Marcos López, Alejandro Kuropatwa, Marcia Schvartz, Gumier Maier, León Ferrari, Elba Bairon, Martín Kovensky y Eduardo Stupía, entre muchos otros.

Conocí a Maresca a fines de 1983, cuando acababa de presentar su obra al público por primera vez en el espacio de arte que tenía la revista El Porteño, del galerista y editor Gabriel Levinas. Por entonces ella rescataba objetos de la basura y los trasmutaba. Ella los descarnaba, como si fuera en busca de algo esencial que estaba detrás de todas las capas con las que la cultura industrial los había “ocultado”. Ya por entonces comenzó a producir sus fotoperformances (a la manera de lo que años más tarde haría Cindy Sherman), en las que se hizo fotografiar (por lo general, por Marcos López, pero también por Res y por Alejandro Kuropatwa, entre otros) desnuda y relacionada con esos objetos.

Entre 1984 y 1991 organizó varios emprendimientos multidisciplinarios a los que convocó a decenas de artistas, como Una bufanda para Buenos Aires (realizada durante la inauguración de la galería Adriana Indik), la muestra Lavarte (que realizó en un Laverap) y las dos intervenciones masivas en el centro Recoleta: La Kermese, el paraíso de las bestias (en 1986) y La Conquista (en 1991). En todas esas intervenciones multitudinarias la marca de Maresca era clara: sin su intervención, el conjunto no funcionaba. La mayoría de los participantes (y el tipo de obra que presentaron) eran imposibles de reunir si no fuera por que era ella la convocante, la propiciadora y la que daba la puntada final a los proyectos. Sobre su poder para reunir a gente disímil y ponerla a producir en conjunto ha dicho Marcia Schvartz: “la mayoría de los que ella reunió mientras vivía, tras su muerte se separaron como el agua y el aceite”.

Había en Maresca un potencia de alquimista. En todo encontraba un carozo de verdad, una potencia esencial, un algo indefinido, pero potente que transformaba lo conocido en misterio y hacía que lo misterioso se volviese diáfano. Trabajaba con varios proyectos a la vez, muy disímiles, pero que al final terminaban conectados. Hacía objetos nuevos, mezclando partes encontradas al azar. Engarzaba madera con metal. Le compraba un carro lleno de basura a los cartoneros (cuando no eran visibles todavía en el paisaje urbano: jamás hizo arte de denuncia o sociología aplicada a la forma) y lo iba decantando hasta resumirlo en un carrito de oro, como hizo en su muestra Recolecta (1990). Su obra era endemoniadamente poética; imposible de resumir en palabras o de aquietar con un corset teórico.

En la facultad de Filosofía y Letras armó una escultura de alambre y papel (1991): representaba al Ouroboros, esa serpiente en la que el principio y el fin se tocan. La piel de la serpiente eran páginas arrancadas de los libros esenciales de la modernidad. Allí, en el patio de la facultad, en soledad, le prendió fuego. Era un ceremonia de purificación: creía que todo saber que se queda en especulación mental o, como decía Blake, que todo deseo que no obra engendra monstruos.

Fotoperformance Liliana Maresca-Marcos López

En 1987 supo que se había contagiado sida, lo que por entonces significaba una condena a muerte en muy poco tiempo. Su obra, que siempre había sido intensa, se fue condensando cada vez más. Y también, cada vez más se fue desmaterializando. Como se puede ver en la retrospectiva que se exhibe en el museo Castagnino de Rosario (curada por Adriana Lauría, quien tuvo que realizar una exhaustiva investigación para dar con obras que son muy difíciles de conservar), los últimos trabajos de Maresca son instalaciones fotográficas, fotoperfomances, dibujos y poemas. Iba, como lo sugiere el budismo y el taoísmo (dos creencias que ocuparon cada vez más el centro de su atención) en busca del vacío esencial. Como las estrellas fugaces, la vida intensa de Liliana Maresca se consumió demasiado rápido. Pero su luz, con la potencia de un sol de mediodía, sigue iluminando el horizonte de nuestra época.

¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes.)

¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes.)